En el interior de la Comunidad Valenciana a unos 60 km de la ciudad de Valencia, se oculta un escenario que contrasta con los típicos escenarios de playa de la zona oriental de España. Allí, el río Turia ha esculpido una profunda garganta de piedra caliza que, con sus paredes verticales que superan los 80 metros y en algunos tramos alcanzan los 160 metros, forma lo que hoy se conoce como el cañón del Turia. El recorrido principal, la ruta de los Pantaneros se extiende 5,05 km y permite descubrir, a pie, la historia natural y humana de este paraje protegido.
Origen geológico y formación del cañón
El corte del Turia comenzó hace milenios, cuando el cauce siguió las fracturas más débiles de la roca caliza. El constante proceso de erosión fluvial abrió una serie de anses estrechasespejos verticales y terrazas boscosas. En la zona de Los Calderones, la garganta se vuelve particularmente dramática: las paredes alcanzan los 80 metros y, en el punto conocido como La Hoz el estrechamiento deja apenas 10 metros de espacio para que el agua fluya, creando verdaderos “muros” de 160 metros de altura.
Historia de los madereros y de los pantaneros
Antes de la construcción de los grandes embalses, el Turia transportaba troncos desde los bosques de Moya y Castilla hacia Valencia. Los madereros trabajadores especializados en la manipulación del leño flotante, debían sortear la peligrosa sección de La Hoz, donde el estrechamiento provocaba atascos. En los momentos críticos, algunos de ellos descendían a la garganta para liberar los troncos atrapados, una labor tan arriesgada que dio origen a la Ermita de San José de los Gancheros edificada en el siglo XVII como refugio y lugar de oración para esos hombres.
En la década de los años ’50 la zona se transformó nuevamente cuando los habitantes de Chulilla se convirtieron en pantaneros trabajando en la construcción del Embalse de Loriguilla. El camino que hoy utilizan los senderistas era entonces la ruta diaria que los trabajadores recorrían para acceder al sitio de la obra. Esa misma vía fue la que, tras la gran inundación de 1957 que arrasó la Valencia costera, sufrió la destrucción de los puentes originales.
Recorrido de la ruta y los puentes colgantes
El punto de partida es la Plaza de la Baronía en el centro del pueblo. Desde allí el sendero se aleja de las callejuelas, pasa junto al Albergue El Altico y pronto se adentra en el corazón del cañón. En los primeros metros se encuentra el Charco Azul una pequeña poza de intenso tono azulado encajada entre paredes que ya anuncian la estrechez del paso.
El itinerario sigue la parte superior de los precipicios, alternando bosques ribereños con matorral mediterráneo. La vegetación cambia gradualmente, y el paisaje se vuelve un punto de encuentro para escaladores, ya que las paredes calizas albergan numerosas vías deportivas de nivel internacional.
Al cruzar el primer puente colgante la sensación de vértigo es inmediata: la estructura de madera mide 20 metros de longitud y cuelga a unos 15 metros sobre el caudal del Turia. A los pies, la garganta se abre en una vista panorámica que revela la magnitud de las paredes. Unos metros más adelante, el segundo puente, de 28 metros de longitud y apenas 5 metros de altura, permite observar con mayor proximidad el curso del río y la vegetación del lecho.
Superados los puentes, el sendero continúa bordeando el cauce hasta llegar al Embalse de Loriguilla. Desde allí comienza una variante circular que, siguiendo el camino PR-CV 77.1, alcanza aproximadamente los 13 km y permite regresar a Chulilla sin repetir el tramo principal.
Chulilla está ubicada en la comarca de Los Serranos, a unos 60 km de Valencia. En coche, el trayecto dura unos 45 min mediante la A-3 y luego la salida hacia la carretera interior que conduce al pueblo. El punto de partida oficial de la ruta es el centro del municipio; es aconsejable consultar el Tourist Info Chulilla antes de iniciar la caminata, especialmente después de lluvias.
Se trata de una ruta de dificultad media, con una duración estimada de tres horas. Es fundamental llevar calzado de montaña, agua suficiente y ropa adecuada al clima. Los primeros 50 metros pueden resultar resbaladizos, por lo que se recomienda precaución, sobre todo si se viaja con niños. Al cruzar los puentes, respetar el límite de personas permitido y mantener el equilibrio.
El cambio de perspectiva es la mayor recompensa: desde el pueblo el cañón aparece como una fisura gigantesca en la montaña, mientras que al caminar entre sus paredes el espacio parece infinito y la verticalidad, abrumadora. Tanto los amantes de la naturaleza como los aficionados a la historia encontrarán en la ruta de los Pantaneros una experiencia única que combina paisajes espectaculares, vestigios culturales y la adrenalina de caminar sobre puentes suspendidos.



