En septiembre de 2026, la tierra tembló bajo Granada, recordando a los granadinos un evento que no ocurría en 70 años. Un terremoto de magnitud 5 con epicentro en Alhendín sobresaltó a la población. Tres días después, tres seísmos de más de 4 grados sacudieron la capital y su área metropolitana en apenas tres horas. El pánico se apoderó de la ciudad, aparecieron grietas y las casas se vaciaron. Los parques se convirtieron en campamentos provisionales y la autovía a la Costa colapsó con el trasvase de quienes buscaban refugio en sus segundas residencias.
Pero, ¿por qué sentimos que en septiembre tiembla más? La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ha analizado más de un siglo de datos sísmicos y ha descubierto que septiembre no registra más sismos que otros meses del año. La percepción surge de la memoria colectiva de los terremotos del 19 de septiembre de 1985 y de 2017, además de la atención que reciben los simulacros y las conversaciones en redes sociales durante este mes.
La memoria colectiva y los terremotos
Los registros del Servicio Sismológico Nacional (SSN) creado en 1910 y administrado por la UNAM, permiten observar los movimientos telúricos desde una escala que rebasa la experiencia de una generación. Bajo esta perspectiva, septiembre no concentra un pico de actividad sísmica ni existe una temporada de terremotos ligada al calendario.
El mes con mayor número de movimientos detectados en los registros es diciembre. Sin embargo, esto no significa que diciembre concentre los sismos de mayor magnitud o los que producen más daños. La frecuencia de eventos y su intensidad son variables distintas. Arturo Iglesias Mendoza, jefe del SSN, explicó que la distribución de los sismos de mayor magnitud en México no muestra una concentración especial durante septiembre cuando se toma una muestra suficientemente amplia.
La ciencia detrás de los sismos
La asociación entre septiembre y los terremotos se alimenta de fechas que permanecen en la memoria nacional. El 19 de septiembre de 1985 ocurrió un sismo que devastó zonas de Ciudad de México. Treinta y dos años después, el 19 de septiembre de 2017, otro terremoto causó daños en la capital y otras entidades. Estas coincidencias de fecha aumentan la atención pública cada año.
Durante septiembre también se realizan simulacros, se revisan protocolos de Protección Civil y circulan mensajes sobre prevención. La conversación crece y cada movimiento telúrico adquiere mayor visibilidad. Sin embargo, la actividad sísmica no responde a los aniversarios ni a los meses. Los especialistas de la UNAM sostienen que los temblores se originan dentro de la Tierra y dependen de los procesos geológicos que ocurren bajo la superficie.
La subducción de placas tectónicas
Luis Quintanar Robles, investigador del Departamento de Sismología del Instituto de Geofísica, afirmó que es un mito pensar que hay meses destinados a los sismos, como ocurre con las lluvias o los ciclones. «En el mes de septiembre surgen creencias de que hay épocas en las que tiembla, así como las hay para las lluvias. Hay que dejar claro que los sismos se originan al interior de la Tierra y nada tienen que ver con fenómenos atmosféricos. Los sismos suceden a lo largo del año y hay que estar preparados», indica.
La lluvia, el calor, los huracanes o los frentes fríos no provocan los terremotos que se registran en el país. Los sismos de mayor magnitud en la costa del Pacífico se relacionan con el desplazamiento de placas tectónicas. En la franja costera del sur de México, la placa de Cocos se introduce por debajo de la placa de Norteamérica. Este proceso, conocido como subducción acumula energía durante periodos prolongados. Cuando la energía se libera, puede generar movimientos de distinta magnitud.
La brecha sísmica de Guerrero
La costa de Guerrero y la de Oaxaca concentran parte de la actividad sísmica nacional por esa interacción tectónica. La fecha en que ocurre un sismo no modifica el riesgo ni anticipa otro evento similar durante el mismo mes. Quintanar Robles señala que la costa de Guerrero concentra una zona conocida como la brecha sísmica de Guerrero ubicada entre Acapulco y Zihuatanejo. En ese segmento no se ha registrado un terremoto de gran magnitud desde 1911.
La cercanía de esa zona con Ciudad de México obliga a mantener vigilancia y preparación. Un sismo originado en la costa de Guerrero puede sentirse con fuerza en la capital debido a la distancia y a las características del suelo del Valle de México. El especialista advierte que los eventos fuera del Valle de México también pueden inducir sismicidad local. En la capital existen fallas geológicas que el Instituto de Geología de la UNAM mantiene bajo estudio y cartografía.
El Instituto de Geología ha identificado entre 20 y 30 fallas en Ciudad de México. La zona oriente concentra mayor actividad local, aunque también se han detectado movimientos en alcaldías como Cuajimalpa y Benito Juárez. La extracción de agua puede ser un factor que concurra con la sismicidad local, pero no representa la causa principal de los terremotos. Los movimientos de mayor magnitud que afectan a Ciudad de México suelen tener origen en la costa del Pacífico.
La tecnología y la percepción de los sismos
La idea de que ahora tiembla más también está relacionada con el aumento de la capacidad tecnológica para registrar movimientos pequeños. La red sísmica tiene más estaciones y equipos que permiten localizar eventos que antes no eran detectados o no llegaban al conocimiento público. En el Valle de México opera una red de 30 estaciones para identificar los sismos que se generan dentro de la cuenca. Muchos de esos eventos tienen magnitudes menores a 3 o 3.5 y apenas son perceptibles para la población.
Jorge Aguirre González, investigador del Instituto de Ingeniería, explica que los acelerógrafos registran las oscilaciones intensas de los terremotos. Esos equipos permiten elaborar mapas de intensidad para identificar en qué zonas se sintió con mayor fuerza un movimiento. Los mapas también ayudan a ubicar infraestructura expuesta, como hospitales, escuelas, carreteras y viviendas. Esa información sirve para evaluar daños potenciales, revisar normas de construcción y determinar medidas de prevención.



