El pasado 19 de septiembre el director Daniel Barenboim, ya octogenario, subió al podio del Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial para dirigir la West-Eastern Divan Orchestra. El concierto marcó la clausura del primer Festival Internacional de Artes Escénicas Escena Escorial organizado por la directora Alondra de la Parra. A pesar de una enfermedad neurológica vinculada al Parkinson, Barenboim aceptó el compromiso, convirtiendo la velada en un acto simbólico de resistencia artística.
La West-Eastern Divan es una orquesta fundada en 1999 en Weimar que reúne a músicos palestinos, israelíes y árabes, con la visión de promover el diálogo a través de la música. Desde 2002 tiene su sede en Sevilla, y en esta gira europea ha contado con la participación de seis músicos españoles. El programa de la noche incluyó la Sinfonía Incompleta D. 759 de Schubert un extracto de la Tristán e Isolda de Wagner (Preludio y Muerte de amor) y la Sinfonía Nº 3 ‘Rhenana’ de Schumann.
El contexto artístico y personal de Barenboim
Barenboim, nacido en Buenos Aires en 1942 y con una carrera que abarca la dirección de la Filarmónica de Viena y la Orquesta de la Deutsche Oper de Berlín, ha sido una figura emblemática del panorama clásico internacional. En los últimos años su salud ha obligado a suspender varias presentaciones, pero su compromiso con la musicología y el intercambio cultural lo ha mantenido activo. La participación en Escena Escorial se interpreta como una posible despedida de los escenarios, aunque él mismo no ha confirmado que sea su último concierto.
Su estilo se caracteriza por una profunda inspiración germánica influenciada por maestros como Wilhelm Furtwängler. Barenboim suele privilegizar una interpretación que combina rigor estructural con una emoción palpable, resaltando los contrastes dinámicos y los matices melódicos. En esta ocasión, pese a la evidente fatiga física – caminaba con dificultad y utilizaba la batuta de manera sutil–, su dirección mantuvo la claridad concebida por su larga trayectoria.
Desarrollo del concierto y respuesta del público
La Sinfonía Incompleta de Schubert se presentó con una ejecución detallada, aunque el tempo resultó más amplio de lo habitual, extendiendo la obra a unos treinta minutos. Los músicos, bajo la mirada atenta de Barenboim, lograron equilibrar la tensión melódica con una sonoridad que resaltó la melancolía intrínseca del fragmento. El público, mayormente compuesto por amantes de la música clásica y seguidores de la orquesta, mantuvo una ovación constante que llenó el auditorio.
El punto álgido del concierto fue el Preludio y Muerte de amor de Wagner. Barenboim, utilizando principalmente la mano izquierda, indicaba de forma delicada los cambios dinámicos, permitiendo que la orquesta construyera un crescendo que evocaba la pasión y el sufrimiento de los amantes trágicos. La ausencia de la voz cantada se sustituyó por una texturización instrumental que, según críticos presentes, logró transmitir la intensidad emocional buscada.
La tercera pieza, la Sinfonía Nº 3 ‘Rhenana’ de Schumann mostró momentos de brillantez, aunque la ejecución sufrió de ligeras descoordinaciones en los pasajes más complejos. Algunos anotadores señalaron una falta de claridad en la articulación, atribuida al menor nivel de energía del director en esa parte del programa. A pesar de ello, el conjunto respondió con entusiasmo y la audiencia reconoció el esfuerzo colectivo con un fuerte aplauso.
La clausura con Barenboim fue, según sus palabras, «un momento maravilloso que demuestra la fuerza del arte para unir a las personas».



